Depender del Líder
Author
Leopoldo Gómez
Date Published

Donald Trump decidió meterse de lleno en las elecciones intermedias de noviembre. Esta semana encabezará en Dallas la primera convención republicana para unas elecciones intermedias y ha prometido hacer campaña en unas 35 contiendas competitivas. No piensa hacerse a un lado para ayudar a sus candidatos. Al contrario: quiere que los republicanos vuelvan a votar por él a través de ellos.
Esta semana, en México arranca formalmente el Proceso Electoral Federal 2026-2027. Morena lleva meses definiendo a sus Coordinadores Estatales de Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional, que aún no son candidatos, pero lo serán en las gubernaturas en disputa.
Las circunstancias son distintas, pero ambos movimientos enfrentan una pregunta parecida: ¿cuánto ayuda y cuánto pesa electoralmente el legado del líder que los hizo posibles?
En Estados Unidos, la pregunta ya inquieta a los republicanos. El Wall Street Journal habló esta semana de “Trump fatigue”. No porque haya perdido el control del partido. Todo lo contrario. Los republicanos siguen necesitando a Trump para movilizar a electores que sólo salen cuando él está en juego. Pero el mismo Trump que activa a esa base puede complicar a candidatos que necesitan moderados e independientes.
Trump volvió prometiendo bajar los precios y culpando a Biden por la inflación. Hoy, el costo de vida se ha convertido en una de las principales vulnerabilidades republicanas. Una encuesta de Reuters/Ipsos publicada recientemente ubica la aprobación de Trump en 33%, el nivel más bajo de su segundo mandato, y registra 71% de desaprobación sobre su manejo del costo de vida.
Trump ha respondido doblando la apuesta. La convención de Dallas será casi una convención presidencial. No puede escapar de su propio legado y tampoco quiere hacerlo.
En México, el problema opera de otra manera.
López Obrador no gobierna, pero sigue siendo el fundador y la referencia histórica de Morena, con un legado de dos caras.
Una sigue siendo un activo formidable: “primero los pobres”. Los programas sociales alcanzan a decenas de millones de mexicanos y Sheinbaum los ha ampliado.
La otra parte de la herencia es una promesa moral.
“No somos iguales.”
López Obrador no planteó sólo una diferencia entre izquierda y derecha, sino una distinción moral: ellos eran los corruptos; nosotros, los honestos.
Esa superioridad moral, uno de los argumentos centrales de la 4T, es hoy la promesa que enfrenta mayores tensiones.
Los casos que han rodeado a figuras importantes del movimiento —desde La Barredora hasta el huachicol fiscal y señalamientos en torno al círculo familiar de López Obrador— han vuelto más difícil sostener una división absoluta entre "ellos" y "nosotros".
No hace falta que cada caso termine en sentencia: la política opera en la percepción, antes que en los tribunales.
Ahí aparece el verdadero paralelo.
Trump prometió una mejoría material que muchos votantes no sienten. López Obrador prometió una superioridad moral que los escándalos han puesto en duda.
Pero los legados políticos no se heredan a la carta.
Los republicanos no pueden quedarse únicamente con la capacidad de Trump para movilizar a su base sin cargar también con el costo político de sus resultados entre otros electores.
Morena tampoco puede quedarse sólo con los programas sociales y la conexión de López Obrador con millones de mexicanos, dejando fuera el “no somos iguales” y la vara que él mismo estableció.
La diferencia es que Sheinbaum tiene un margen que Trump no tiene.
Trump ha decidido colocarse en el centro de la elección. Sheinbaum puede intentar que 2027 se juegue sobre un terreno propio.
Algo de eso empieza a insinuarse. Ante los embates del gobierno de Trump, la soberanía ocupa cada vez más espacio en su discurso presidencial y en la propia narrativa electoral de Morena. Puede ser simplemente un cambio de énfasis. O puede anticipar un desplazamiento hacia una campaña más basada en la defensa de la soberanía que en el contraste con la corrupción “del pasado”.
Pero un cambio de énfasis discursivo no es lo mismo que resolver la contradicción. Hablar más de soberanía y menos de honestidad puede desplazar el reflector; no despeja la duda sobre el “no somos iguales”.
La manera real de separarse de la parte más cuestionada del legado obradorista no está en el discurso, sino en los tribunales. Proceder ahí, no en la retórica de la soberanía, sería la prueba real de que Sheinbaum puede marcar una diferencia frente al pasivo que heredó.
Trump no puede ni quiere escapar de su propia gestión: la ha puesto en el centro de la elección. La pregunta para 2027 es si Sheinbaum quiere desmarcar su proyecto de ese pasivo. Y esa diferencia no se construye cambiando de tema, sino dejando que la justicia llegue hasta donde tenga que llegar.